Articulo de Ignacio Vasallo | PALERMO

 

En Palermo los chinos son ceilandeses. En esta época del año en la que amanece pronto, si uno tiene la ocurrencia de ir a hacer ejercicio antes de las siete de la mañana al “ lungomare “ se encontrara solo con chinos y chinas. Luego a lo largo del día desaparecen. No hay tiendas de chinos ni restaurantes. O quizás se convierten en ceilandeses-supongo que ahora se les llamará algo así como srilankeses – que ocupan los infinitos puestos callejeros, las tiendas de todo a 1 euro y similares, para en la madrugada del día siguiente convertirse de nuevo en chinos.

Parece que los ceilandeses empezaron a inmigrar poco a poco  en los años cincuenta y han seguido haciéndolo hasta la fecha, tranquilamente.  Se acomodan al carácter siciliano: tono de voz más bajo que en el resto de Italia y mucho menos exhibicionismo. Sus motivos tendrán.

Lo que está claro es que no llegaron de turistas, ni que, desgraciadamente los monumentos locales les interesen. Y es una pena porque la colección de lugares a visitar es apabullante. Lo mejor es hacerlo a pie. El casco antiguo es de los mayores de Europa pero las distancias son asimilables. También hay un buen número de tuc-tucs  que harán las delicias de los aventureros circulando algo alocadamente por las callejuelas laterales. No hace falta casco. Como parece que tampoco lo necesitan las mujeres cuando van de paquete en los innumerables ”motorinos “. Taxis hay pocos y no circulan vacíos, sino que habría que ir a las paradas a buscarlos y además son excesivamente caros  aprovechando su situación monopolística. Allí no hay Uber ni nada parecido. Claro que frente al monopolio se alza la imaginación. Siempre hay alguien que conoce a alguien que a mitad de precio te llevara al aeropuerto o a las excursiones en las afueras.

Pero el mayor problema de Palermo es la suciedad de bastantes calles del barrio antiguo con aceras llenas de basura y bastantes contenedores cerrados con cadena y candado para que su uso sea exclusivo del propietario. Una buena parte del barrio todavía no está reconstruida tras los bombardeos aliados de 1943. Muchos palacios han sido renovados magníficamente y otros esperan su turno. En los siglos XVII Y XVIII buena parte de la población debían ser príncipes, duques, condes, marqueses o barones. Por supuesto cuando Garibaldi se marchó como siguió igual  según las instrucciones del Príncipe de Salinas. Y así hasta los años cincuenta, como muy bien nos explica Simonetta Agnello Hornby en su libro “Palermo es mi ciudad”.

Pero bueno, vayamos al loro. La ciudad cuenta con unos cuantos monumentos de carácter único, especialmente los de origen normando-árabe que están clasificados por la Unesco. Destaca la sublime “Capella Palatina“ que, como su nombre indica se encuentra en el Palacio Real, que además a esas influencias suma la bizantina. Es difícil encontrar semejante concentración de belleza en tan poco espacio. Y por supuesto la Catedral cuyas dimensiones impresionan y la tres Iglesias Normandas : San Cataltaldo, San Juan de los Eremitas y La Martorana.

Si uno quiere descubrir la apabullante colección de Iglesia barrocas  tiene que dedicar tiempo y dinero; en general son de pago. Todas ellas  de un barroco tardío que ya no puede ser definido como el arte de la Contrarreforma, teniendo en cuenta además que allí hubo poca reforma como para que  hiciera falta hacerle la contra. Lo mismo vale para los oratorios, que cumplían la misma función que los casinos locales, pero con ambiente religioso, especialmente en el XVIII.

Al lado de una de ellas, bien llamada por los Jesuitas del Gesu, se encuentra el mercado Ballaro, de lo más genuino de la ciudad. Nada que ver con la Boquería o el de San Miguel.

La presencia española y especialmente aragonesa catalana abunda  en los nombres de las calles, en la historia de los palacios, desde el enterramiento de Constanza de Aragón junto a su marido el Emperador Federico II en la Catedral, hasta esa céntrica Plaza en la que en cada una de sus cuatro esquinas está adornada por su correspondiente estatua de los otros tantos reyes españoles de la Casa de Austria.

La magnificas plazas tienen sus fuente y sus esculturas para deleite del turista que ocupa las terrazas para el aperitivo o la comida, a veces, echada a perder por el incompetente músico callejero al que se le ha ido la mano con el volumen del sonido.

No es que la ciudad sufra de exceso de turismo; individual poco y los grupos encuentran espacio sin problema. Todavía no han llegado los chinos de la china.

Y de puertas adentro, el Museo Arqueológico cuenta con excelentes piezas del siglo VI AC  y el Abatellis con la bellísima Madonna de Antonello de Messina y el increíble e inmenso fresco del XV “El triunfo de la Muerte”.

Alguna lápidas nos recuerdan lo duro que fueron aquí los 80 con Falcone y Borsellino presentes y dando nombre al aeropuerto. Parece que los asesinos de la organización innombrable llevan años o controlados o desarticulados  pero quizás el recuerdo sigue vivo en organizadores de viajes que prefieren no arriesgar. Les falta mucho para ser un destino turístico a la altura de su oferta.

 
 
 
Ignacio Vasallo   
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