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Domingo 5 de junio de 2022

Josan Ruiz

Josan Ruiz

Director de Viajes National Geographic

El viaje como retorno a los orígenes

 

La palabra travel (viaje en inglés) procede del francés travail (trabajo). En su origen, travail definía tanto una labor dura y exigente como el esfuerzo de la mujer para dar a luz. Travel nos habla pues de una época en que los caminos inseguros, las malas posadas o los largos trayectos por mar convertían un viaje en una experiencia tan impredecible como un parto. En Los trabajos de Persiles y Sigismunda, Cervantes llama trabajos a las peripecias que afronta la pareja protagonista en su peregrinación desde Escandinavia a Roma. Viaje deriva del catalán viatge y este del latín viaticum, que remite a «vía» (camino). Viático es la provisión de dinero y bagaje necesaria para ponerse en marcha; también la última comunión que recibe quien se apresta a abandonar este mundo.

Con estos términos, el lenguaje nos recuerda que viajar constituye una actividad azarosa, no exenta de riesgos; pero también creativa, vinculada al movimiento y al cambio. Permanecer en el lugar en que vivimos parecería lo natural. Sin embargo, la especie humana fue nómada mucho antes que sedentaria. De ahí que viajar no sea algo nuevo para nosotros, sino cierta forma de retorno a los orígenes.

La ciudad de Çatalhöyük, en Anatolia (Turquía), es el primer gran asentamiento humano que conocemos. Hace unos diez mil años, sus casas de adobe sin ventanas ni ángulos rectos se agrupaban en forma de colmena y se accedía a ellas por el tejado (la abertura servía también de chimenea). Sus moradores cocinaban diversos cereales y legumbres, cosechaban pistachos y almendras, habían domesticado la oveja a partir del muflón y comenzaban a domar a los bóvidos. La naciente agricultura les permitía vivir de lo que ofrecía el entorno sin tener que desplazarse en busca de nuevos alimentos. Dice la Biblia que Caín, el primer ser humano nacido fuera del paraíso, era agricultor y fundó la primera ciudad tras matar al pastor Abel, celoso de que Jehová prefiriese las ofrendas de su hermano a las suyas. Hay quien ve en ese fratricidio una alegoría de cómo los pueblos nómadas, dedicados a la caza y al pastoreo, fueron cediendo terreno ante los agricultores sedentarios, que se apropiaban de los valles más fértiles.

Tanto unos como otros prosperaron gracias a un agudo sentido de observación. Consolidar la agricultura en un lugar exige determinar los ciclos celestes que rigen el calendario de los cultivos, seleccionar las semillas, acondicionar el terreno y, sobre todo, mantener su fertilidad. Mientras que el saber del nómada abarca un espacio que se extiende más allá del horizonte. Sobrevivir requiere desenvolverse por él, percibir qué sucede en la naturaleza y cómo influye en la vegetación o los animales. El campesino echa raíces en las tierras que cultiva. El nómada desplaza su campamento para dar con los mejores recursos en cada estación.

Por supuesto, ya no vivimos en el Neolítico: la humanidad se ha multiplicado por mil y más de la mitad de ella reside en ciudades con muchos habitantes por kilómetro cuadrado. Pero en el mundo actual se sigue manifestando esa dualidad entre el nómada y el sedentario. Al margen de la ocupación que se tenga, el tiempo libre nos ofrece la oportunidad de salir de la rutina y conocer otros lugares, países o culturas. Con ello el instinto nómada encuentra un nuevo campo de expresión. Quien viaja debe trazar una ruta y hacer un equipaje, decidir qué ve y a qué renuncia, dónde pernocta y hasta cuándo. Variarán los horarios, las comidas o el lenguaje; la comunicación puede que no se limite a las palabras: los gestos y las miradas ganarán relevancia. Tal vez habrá que aventurarse por territorios ignotos, aguzando la mente y los sentidos en la travesía. La novedad, sobre todo cuando nos gusta, tiene un poder irresistible y es uno de los alimentos básicos del viajero. El hogar estará allí donde arda la fogata. Y los seres queridos parecerán acompañarnos en la distancia, como si de algún modo los llevásemos dentro.

Pero, en marzo de 2020, los viajes se cortaron en seco. La pandemia del coronavirus cerró las fronteras, vació las autopistas, dejó el cielo sin estelas de aviones y confinó a infinidad de personas. En Viajes National Geographic nos encontramos ante el reto de preparar la revista telemáticamente y adecuarla a esa nueva realidad. Un mes después, Javier Zori del Amo, director de la web de Viajes National Geographic, me propuso escribir periódicamente una newsletter. Como buenos aficionados al ciclismo, decidimos relevarnos en la labor: una semana tú, una yo, confiando en que el grupo de autores crecería con el tiempo. Y así ha sucedido. En este momento, 18.000 personas recibís estas newsletters cada domingo.

Desde el principio, las newsletters fueron una vía para compartir lo que hace especial un lugar y nuestra relación con él a través de los viajes. Gestarlas cada mes me aportó un balón de oxígeno, mientras el coronavirus nos mantenía enclaustrados y obligaba a replantearse las prioridades vitales, a elegir entre lo superfluo y lo esencial. ¿Pasarían esa criba los viajes? En el verano de 2020, al aligerarse las restricciones, se empezó a ver que sí: costaba encontrar alojamiento en la costa o la montaña, pues cambiar periódicamente de aires es una necesidad humana. Pero en invierno el panorama se recrudeció con la tercera ola. Eso daría lugar a una newsletter titulada «Una lista de viajes en la nevera». 

Hacía meses que la realidad que vivíamos se plasmaba en esos textos de múltiples formas. La muerte del fotógrafo Roland Michaud mientras en la India se aguardaba el monzón inspiró una newsletter que fusionaba esos dos temas. «Pasión por los volcanes» fue la respuesta a un viaje descartado a la isla italiana de Stromboli. La aparición de un número especial de Viajes National Geographic dedicado al turismo sostenible dio pie para narrar la expedición por Sudamérica de Alexander von Humboldt, el primer viajero y científico realmente adelantado a su época que recorrió España en 1799. «El Audi en el cañaveral» ofreció una visión insólita de la isla de Gran Canaria a través de las visitas a familiares o amigos que viven en ella. «Los tesoros de Hawái» fue un tributo al pueblo polinesio, capaz de navegar y poblar la inmensidad del océano Pacífico sin emplear la brújula ni instrumentos de metal. Los viajes que realicé en los dos veranos previos a la pandemia fueron el germen de «Cautivados por Japón». El universo y la cosmología de las tribus de la costa oeste de Canadá, habitantes de un entorno tan pródigo que les permitía ser sedentarias pese a vivir de la caza y la pesca, se describe en “Último tren a casa”.

Desde las primeras newsletters empecé a imaginar que el conjunto podía tener sentido como libro. Y en marzo de este año, RBA decidió editar dentro del sello National Geographic las newsletters publicadas entre abril de 2020 y febrero de 2022, con pequeñas adaptaciones o ampliaciones. Nómadas por naturaleza, el libro que reúne esas 28 newsletters, apareció este jueves. Solo quedaría por incluir en él las dos últimas: una dedicada al Museo de los Trópicos de Ámsterdam y otra a Islandia, país que protagoniza la portada del último número de Viajes National Geographic.

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